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Canarias ha sido, desde los tiempos del descubrimiento de América, pórtico entre
continentes. Aquí los aventureros, comerciantes, militares, eclesiásticos, naturalistas
o simples viajeros se han sentido en territorio conocido y, a la vez, ignoto -enclave
europeo anclado en un mar geográficamente africano pero proyectado hacia un
horizonte que alberga tierras por descubrir y explorar.
Esta avanzadilla europea se convierte así en lugar de paso casi obligado de las
comunicaciones marítimas con los demás continentes en los siglos XVIII y XIX y
al mismo tiempo en el primer lugar de exploración de los viajeros que, sabiéndose
todavía en los confines del Viejo Mundo, descubren asombrados una tierra exótica
y llamativa muy diferente de la de sus lugares de origen.
Esta doble condición, de término e inicio, hace de Canarias un lugar excepcional
para el visitante y en mayor medida para el naturalista y el científico.
Es cierto que al principio las Islas tenían, sobre todo, un interés práctico en la
navegación y la orientación en la mar -el Teide era un faro gigantesco que los
barcos oteaban desde muy lejos como referencia de su rumbo y las Islas los
últimos pedazos de tierra en esta zona del Atlántico para saber si la ruta era la
correcta o como última parada para repostar antes de reemprender viaje hacia
América u otras lejanas tierras- pero, poco a poco, en esas pequeñas escalas
técnicas de varios días, en el puerto de Santa Cruz de Tenerife inicialmente y sólo
más tarde en otros lugares y otras Islas, los viajeros o los científicos aprovechan
para recorrer el terreno, hacer la casi obligada ascensión al Teide, recoger plantas
y realizar observaciones físicas o etnológicas. El territorio canario va desvelando
paulatinamente sus tesoros.
Será en una segunda etapa a lo largo del siglo XIX y de la que Humboldt es, en
gran medida, responsable, cuando los naturalistas y científicos en general, vengan
a las Islas a estudiar su constitución geológica, la rica y exótica flora, su fauna, su
clima, su cielo o las costumbres de sus antiguos pobladores. Se convertirán así no
sólo en etapa obligada de los viajes de exploración sino en campo de análisis y
estudio, en territorio de exploración en suma.
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